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En ciertas ocasiones
queremos conocernos a nosotros mismos; pero cuando nos hallamos, nos
damos cuenta de que estamos muy cambiados.

“Dicen que la verdadera felicidad se encuentra en la humildad y en la
sencillez. Por eso debemos hacer todas nuestras cosas al natural, sin
máscaras ni apariencias.”
Cuando queremos obtener algún empleo, lo primero que pensamos es en
presentar una hoja de vida impecable. Anotamos en ella nuestros
antecedentes laborales, los nombres de las referencias influyentes e
incluimos los mejores contactos.
Nos refundimos tanto en formatos demasiado ostentosos y largos que, al
final, nuestras postulaciones ni siquiera son tenidas en cuenta.
Una hoja de vida, dicen los expertos, no debe ser demasiado extensa y en
ella sólo se debe incluir la información relevante al cargo al que se
aspira.
Así debería ser nuestra carta de presentación diaria: ¡sencilla¡
Algunos, tras el afán de figurar, desean ser más que los demás; otros se
quieren parecer a gente famosa; y no faltan quienes se esfuerzan por
aparentar lo que no son, sin saber que no pueden ser nadie más que ellos
mismos.
Con frecuencia creemos sentirnos cómodos en estilos ideados por los
demás, sin pensar que nuestra realidad es muy distinta.
No sabemos exactamente por qué, pero hoy día giramos alrededor de un
mundo de apariencias.
Las cosas, en lugar nos complican. Olvidamos que debemos aprender a
perder con la cabeza erguida, con la gracia de un niño y no con la
tristeza de un adulto.
Debemos refugiarnos en nuestros propios méritos y capacidades; nunca
mostrar lo que no somos, para no adquirir la fea costumbre de caer en el
vacío.
Nos vestimos con ropas de marca, pero a cada rato nos desnudamos ante lo
evidente; conducimos carros modernos, pero nos congestionamos con la
rutina diaria; sacamos pecho de nuestras riquezas, pero nos sumergimos
en la pobreza de nuestros sentimientos.
Olvidamos, por ejemplo, que nos lleva mucho tiempo construir confianza,
pero que en un solo segundo podemos destruirla.

Debemos aprender que no importa qué es lo que tengamos, sino a quienes
tenemos en la vida; y que los buenos amigos se convierten en la familia
que permitimos elegir.
Aunque no lo crea, podremos pasar buenos momentos haciendo cualquier
cosa o simplemente nada, sólo por el placer de disfrutar la compañía de
alguien valioso.
No nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queramos imitarlos
para ser, mejores personas.
Es cierto: conlleva mucho tiempo para llegar a ser la gente que queremos
ser; pero también es cierto que él tiempo es demasiado corto como para
detenernos en cosas superficiales.
El arte de vivir de una manera sencilla requiere de paciencia y
humildad. Tiene que ver con aprender de las experiencias, pero también
con la decisión de ser uno mismo. Sólo así, entenderemos que si nos
pasamos tratando de impresionar a los demás, nunca lograremos cautivar
nuestro propio corazón. Y si no logramos conquistarnos a nosotros
mismos, jamás seremos felices.
La vida vale cuando se tiene el valor de enfrentarla, de cuidarla y de
amarla tal cual ella es. Es un don y seguirá siendo siempre un regalo de
Dios. Por eso, que mejor hoja de vida que asumirla con la rúbrica de la
sencillez; no con el cementerio de inutilidades que a veces nos
inventamos.
Fuente: Vanguardia
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