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Lisboa, amor y nostalgia
A Lisboa hay que verla, escucharla, olería y degustarla. Verla, porque
es un conjunto compacto de historia y vida europea pintado con alegres
colores.

Escucharla, porque en las
calles, las tascas y los bares suena suavemente el fado dejando en
evidencia la nostalgia propia de la ciudad. Olería, porque es la tierra
de los pasteles, y los hornos trabajan sin cesar. Degustarla, porque es
tierra de platos exquisitos...el inicio perfecto para una ruta
gastronómica por Europa occidental.

La Torce de Belen, antiguo bastión de defensa de Lisboa, se puede
recorrer palmo a palmo y ofrece una maravillosa vista del río y la
ciudad.
El encanto de Lisboa es tan evidente que desde el mismo momento en que
se avista desde el avión, el visitante tiene la seguridad de que se
enamorará de ella. A mí sucedió: me declaro enamorada de la capital
portuguesa.

Desde el aire se ven los tejados rojos de la ciudad antigua regocijarse
con el sol. El río Tajo desemboca en el mar y se adivina el eterno
enamoramiento entre la vieja ciudad y el océano, el cual fue su estrella
y su perdición.
El siglo XVI fue su época de oro, pues tras haber sido ocupada por
fenicios, griegos, cartaginenses, romanos y árabes, y recuperada para el
cristianismo en el medioevo, la era de los descubrimientos le trajo la
posibilidad de convertirse en Imperio: Lisboa se erigió como el punto de
comercio entre Europa y el lejano oriente, y sus arcas se llenaban del
oro proveniente del Brasil.
Un buen comienzo

Es necesario iniciar el recorrido por el centro histórico, en el que
convergen los barrios Alto, Baixa Pombalina y Alfama. Este último es el
orgullo del patrimonio lisboeta, pues tras el terremoto de 1755, que
acabó con casi el 90% de la ciudad, Al ama se mantuvo en pie para ser
testigo de la presencia de los árabes.
Caminar las calles de este sector es perderse en un laberinto de
historias, retocadas por los azulejos tradicionales de Portugal, que
aparecen constantemente en los muros de la ciudad para contarnos pasajes
de su larga crónica.
En la parte superior de Al-fama, que se recuesta sobre una colina, está
el Castillo de San Jorge. En su interior, la plaza de armas y el palacio
real son algunos de los sitios más impactantes.
En los alrededores y en el interior del Castillo existen cafés,
restaurantes y tiendas de souvenir, en donde se escuchan todos los
idiomas del mundo.
El centro de la historia

Abajo, en medio del centro histórico, otros lugares que se destacan son
las Plazas del Rocío y los Restauradores, en el barrio La Baixa,
considerado el corazón de la ciudad.
En esta zona también se encuentra la Plaza del Comercio, con la estatua
ecuestre de José I, y un inmenso arco del triunfo que da paso a la Rúa
Augusta, un alegre pasaje peatonal repleto de restaurantes y kioskos.
Más allá, el elevador vertical de Santa Justa, que unía los barrios de
la Baixa Pombalina y el Barrio Alto.
Este último es un conjunto inigualable de calles laberínticas y ambiente
animado, donde se encuentran lugares destacados como la Iglesia do Carmo,
el Museo de Historia Natural y el Museo de la Ciencia.

En la noche, el Barrio Alto se llena de jóvenes que buscan diversión en
los bares donde se confunden ritmos como la samba y el rock, mientras
que en Alfama, en las tradicionales tascas, comienza a sonar el Fado,
ese inigualable patrimonio portugués que cuenta melancólicas historias
de marineros que salieron en busca de mejores vidas y dejaron a sus
amores con los ojos llenos de lágrimas en el puerto.
La "saudade", la nostalgia portuguesa, es un rasgo que no se percibe
sólo en la música, sino en la mirada y el hablar pausado de los nacidos
en estas tierras.
Aunque moverse en metro en la capital portuguesa es muy sencillo, para
llegar a Belén también hay otras opciones: tomar un barco desde laTlaza
de Comercio, un autobús, o el tranvía, que nos deja justo en frente de
la centenaria fábrica de los Pasteles de Belén.
Encontrar filas de gente esperando por su turno para tomar una mesa y
deleitarse con un pastel caliente, es normal en cualquier época del año.
Belén es un sector para recorrer a pie. Desde allí partían los viajes de
descubrimientos que dieron la gloria a Portugal.
Sobresalen dos monumentos: el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de
Belén, considerados los máximos exponentes del arte Manuelino y ambas
declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
El primero fue construido en el siglo XVI para conmemorar el afortunado
regreso de la India de Vasco da Gama, cuyos restos mortales descansan en
el interior del templo. Así mismo se encuentran allí los mausoleos de
los famosos escritores Fernando Pessoa y Luís de Camoes.
Y la Torre, que se yergue frente al río, es todo un espectáculo de
contraluz al atardecer.
A pocos metros de ésta se encuentra el Monumento a los Descubrimientos,
en memoria de las proezas marineras de la ciudad.
Ciudad cultural

Lisboa ha sido y es una de las ciudades más requeridas como sede de
eventos culturales. Su historia, su aire y su patrimonio material e
inmaterial la convierten en sitio preferido de artistas, escritores y
gestores culturales. Y para recordarlo eternamente, en el café La
Brasilera se erigió la estatua de Fernando Pessoa sentado en la silla
que siempre quiso ocupar para inspirarse e inspirar al mundo.
En 1994 la ciudad fue Capital Europea de la Cultura y en 1998 realizó la
Exposición Internacional Expolisboa 98, que en aquella oportunidad sobre
el tema de los mares, evento que modernizó la ciudad y dio origen a
varios lugares de visita obligada, entre ellos el Parque de las
Naciones.
Rincón gastronómico

Pero si hablamos de cultura es necesario hablar de gastronomía, y en
este aspecto Lisboa tiene mucho que decir. Además de sus ya renombrados
Pasteles de Belén, la ciudad es el sitio perfecto para degustar el
Bacalao en todas sus formas de preparación. Y rodeada de río y mar, en
la dieta lisboeta no podían faltar opciones como las sardinas, lulas
(calamares) y mariscos.
Pero no todo es comida de mar: existen entradas famosas como el caldo de
grelos (sopa de verduras), o canja de gallina (caldo de gallina con
arroz).
Entre los platos fuertes hechos con carnes se destacan el bife con
patatas (filete), tripas (callos), frango (pollo), coteletas (costillas)
o la chanfana, un guiso de cordero cocido con vino.
Entre las bebidas, la más famosa en la ginjinha (aguardiente de
guindas), y son reconocidos también los vinos verdes y de Porto.
Es increíble cómo una joya tan antigua apenas empieza a tomar valor
entre el ajetreado mundo del turismo. Lisboa, desde su mismo nombre, no
inspira otra cosa que amor y nostalgia. Amor cuando se llega allí, y
nostalgia cuando se abandona.
Fuente: Vanguardia Liberal
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